
De niño uno se conformaba con atender las señales de vida que se producían a nuestro alrededor; esa curiosidad, intensiva y microscópica, reparaba en cada brizna de hierba, en cada insignificante bicho, en cada piedra, en cada pequeño paso. Detrás, la imaginación alimentaba la maquinaria de los sueños, sueños que no eran tan sedentarios como las cosas menudas que ocurrían al alcance de nuestras manos. Eran sueños nómadas, codiciosos de paisajes más allá de nuestro mundo circundante, que nos empujaban al amanecer de un nuevo día a continuar la búsqueda, en el increíble libro de la naturaleza, de un horizonte nuevo que seguir ampliando.
Creo que a todos nos pasa cuando paseamos por algún lugar; nos asalta el recuerdo que guardamos en alguna parte de nuestra cámara polvorienta de la memoria, y nos hace saborear esas emociones, disfrutar de esos momentos cuando éramos dueños del mundo, de nuestro pequeño mundo.
A mi,esta tarde, al contemplar estas espinas me ha pasado.