
Pocos van quedando. Reyes destronados por un sistema y una política agraria que no les da muchas opciones, los labradores extinguen sus horas como señores del páramo.
Labradores que fían su futuro a las veleidades del cielo; hombres y mujeres que dependen para subsistir antes de los caprichos de la sequía, el pedrisco o la helada que del propio esfuerzo.
Ante la lánguida mirada del sol de invierno, no resulta extraño entender por qué son una especie en franco proceso de extinción.
Imagen: campillo de Castillejar (Granada).