Rincones donde sueña el silencio, donde la piedra y la cal de cobijo a gentes hospitalarias, donde el agua musita historias de moriscos, de tierra fértil, de vida…
Puertas y portones que rezuman olor a guiso, a lumbre y a bestia.
Ventanas y ventanucos que han visto crecer a los que hoy mueren
Lavaderos musulmanes donde todavía el jabón de sosa restriega el sudor del campo.
Pero también hay un colegio sin niños en sus entrañas, sin risas en su patio, sin juegos en su puerta; un viejo futbolín con su fébril mirada de hierro, delata esa nostalgia.
En su cementerio duerme un bello epitafio: “la guitarra siempre sonará entre nosotros”.
Aquí el tiempo no se muere, se recuerda.
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